Boatswain (1803): el terranova de Lord Byron y el epitafio más famoso de la literatura canina

Hay perros famosos por lo que hicieron. Boatswain es famoso por lo que su dueño dijo sobre él cuando murió. Y lo que dijo, en mayo de 1808, fue un texto que dos siglos después sigue siendo el epitafio canino más citado del mundo occidental.
El perro favorito del poeta
George Gordon Byron, sexto barón Byron, no era una persona fácil. Mujeriego, bisexual declarado en una época que no perdonaba, alcohólico, pendenciero, exiliado de Inglaterra por escándalos sexuales. Pero a los perros los entendía. Y a uno en concreto lo adoraba.
Boatswain era un terranova negro y blanco (de «manto Landseer», el tipo clásico bicolor) nacido en mayo de 1803, posiblemente en Liverpool. Byron lo tuvo desde cachorro y lo llevó con él a Newstead Abbey, la finca familiar que había heredado. Vivían juntos casi sin separación: Boatswain dormía en su dormitorio, le acompañaba en sus paseos nocturnos, y se sentaba con él durante las largas sesiones de escritura.
La rabia
En el otoño de 1808, Boatswain fue mordido por un perro vagabundo infectado de rabia. Empezó a presentar síntomas: parálisis facial, hidrofobia, agresividad intermitente. Sin vacuna (Pasteur la desarrollaría 80 años después), el desenlace era seguro y mortal.
Byron, sin protección alguna, le cuidó personalmente durante toda la enfermedad. Le limpiaba la baba con sus propias manos, le ayudaba a beber, dormía a su lado. Sus amigos le suplicaron que se alejara, recordándole que la rabia era prácticamente 100% letal en humanos. Byron contestó: «Si lo amé en vida, le serviré ahora».
Por algún milagro estadístico, Byron no se contagió. Boatswain murió el 18 de noviembre de 1808.
La tumba y el epitafio
Byron mandó construir para Boatswain una tumba monumental en los jardines de Newstead Abbey — más grande, irónicamente, que la que más tarde tendría él mismo. La inscripción que redactó (atribuida también a su amigo John Cam Hobhouse, pero firmada por Byron) es una de las páginas más famosas de la literatura sobre el vínculo humano-canino:
«Cerca de este lugar yacen los restos de un ser que poseyó belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Este elogio, que sería una vana adulación si se inscribiera sobre cenizas humanas, es solo justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro».
El texto continúa en verso durante 26 líneas — el famoso «Epitaph to a Dog» — y ataca con violencia la arrogancia humana frente a la lealtad canina. Hoy se cita en funerales, libros, exposiciones y películas en todo el mundo.
Genealogía
3 generacionesEl terranova en la Inglaterra georgiana
En la época de Byron, el Terranova era un perro relativamente raro pero muy apreciado entre la aristocracia. Los marineros lo traían en los barcos bacaladeros que regresaban del Atlántico Norte (el mismo flujo que originaría también el labrador). Su capacidad para nadar largas distancias, rescatar náufragos y arrastrar pesos en agua los hacía únicos.
Boatswain no era un perro de programa de cría organizado — el Kennel Club no existiría hasta 1873 — pero era genéticamente un terranova tipo Landseer. Su existencia documentada es uno de los primeros registros conservados de la raza en suelo inglés.
La paradoja del epitafio
- Byron mandó esculpir su propia tumba más modesta que la de Boatswain
- En su testamento ordenó ser enterrado junto a Boatswain en Newstead. La familia se opuso y fue enterrado en la cripta familiar de la iglesia de Hucknall, violando su voluntad
- El epitafio fue grabado en piedra y aún se puede visitar en Newstead Abbey, hoy gestionado por el Nottingham City Council
Boatswain probablemente fue solo un buen perro. Pero la combinación de su muerte, el genio de su dueño y las circunstancias dramáticas de su enfermedad lo convirtieron en algo más: el momento en que la literatura culta admitió, por primera vez sin disfraz, que un perro podía valer más que un ser humano.


